Ahogarse en lugares que para otros es su oxígeno

Capítulo 1


Se me hace muy difícil deciros esto. Llevo varios meses reflexionando. Momentos de plena soledad me llenan la cabeza de preguntas sin respuesta. Llevo 18 años en este pueblo. Desde el día que volvisteis del hospital y me presentasteis como Tomás en esta aldea he convivido con las mismas personas, conozco cada centímetro, piedra, hoja y grieta que conforma este pueblo.
Me ahogo mientras respiro el puro aire que Castas ofrece a sus habitantes. ¿Ambiguo no? Mientras unos disfrutan de la paz y la calma rural, otros tienen la necesidad de conocer un mundo completamente distinto. Llevo toda mi vida encerrado en un lugar de 200 habitantes, saliendo solamente de mi pueblo en días lectivos, los quince minutos que dura el trayecto del coche es el tiempo que el universo me otorga para conocer el vivir urbano; sin embargo, después de dos semanas viendo el mismo paisaje, vuelvo a caer en la vida rutinaria y ordinaria de siempre. Sé que los recursos son escasos. Hay que vigilar con los gastos e inversiones para poder llegar a final de mes. Es por eso que soy consciente que mis deseos no están dentro de nuestro presupuesto, pero con esfuerzo y dedicación, he conseguido un trabajo que me permitirá obtener el dinero para poder llevar a cabo mi idea. Ya no seré un gasto. Con dieciocho años soy suficientemente autónomo como para subvencionar mis caprichos.
Aunque para muchos la atmósfera del pueblo pueda ser aquello poco ortodoxo dentro de su día a día, para mí, es la celda que me hace estar agarrado a los barrotes; ansioso, esperando el día que nunca llega, aquel que te permiten salir y descubrir que hay más allá de esas cuatro paredes.
La muerte repentina de mi hermana mayor me causó un malestar inimaginable. Perder a los quince años a tu mayor referente me hizo replantear muchas cosas, ella fue la persona que confió en mí cuando todo el mundo creía que era un caso perdido. Fue el trampolín que me acercó a la enseñanza. Al ser un pueblo diminuto, me sentí muy acogido. Al principio, el hecho de que me ocultaran las tragedias que sucedían a mi alrededor fue de mucha ayuda. No tenía nada más que hacer que superar el duelo de Carla. En cambio, a largo plazo,la burbuja que me había construido, totalmente paralela al mundo real, hizo más costoso el problema al que me estaba enfrentando. No desconectar del tormento que me causaba el hecho de no poder hablarle era indescriptible. Me asfixio de solo pensar en el pavoroso rato que me supuso volver a mi vida, incluso diría que todavía hay días que pienso que Carla aparecerá por la puerta diciendo que todo era una broma. 
Mi vocación como maestro peligra. ¿Cómo voy a enseñar aquello que no conozco? Un profesor ignorante enseñando sus conocimientos a aquellos que están empezando a emprender el camino del saber; suena a chiste, ¿no? 
Necesito convertirme en un libro de experiencias; descubrir mundo; vivir tanto en lugares urbanos como en rurales, pero siempre ajenos a mi gente. Quiero vivir en un lugar sin ser el hijo o el hermano de... quiero ser Tomás y punto. Necesito asolar cualquier cosa que se haya convertido en “normal” dentro de mi día a día. El viaje de mi vida se bifurca y empieza una nueva etapa en busca de mi libertad y de la transformación de mi ignorancia en conocimiento.
Siento deciros esto padre, madre; os echaré mucho de menos. Sé que las formas nos son las adecuadas, pero sé que si me hubiese despedido en persona no hubiese logrado iniciar el viaje que llevo tantos años anhelando. Nos seguiremos hablando. Espero que no os lo toméis como algo autorreferencial, ya que no lo es para nada. Vosotros me habéis cuidado y protegido como nadie; me habéis proporcionado toda la educación que en vuestras manos estaba, sin embargo, me veo en la completa necesidad de abrir el candado de las puertas del pueblo que tanto me sobreprotege para partir en un viaje, de tiempo indeterminado, que me permitirá resolver esas dudas que todavía no les he adjudicado respuesta.    

Capítulo 2


Apreciada Carla,


Allí donde halles espero que estés disfrutando de mi proceso de realización. He empezado mi viaje por Nueva York, lo sé un cambio un tanto radical. Llevo dos semanas en esta ciudad tan popular. Al principio el vivir urbano se me hizo cuesta arriba. Intercambié a mi rebaño de ovejas por los clientes que entraban y salían del restaurante en el que trabajo, el relinchar de los caballos de Juana por el insoportable pitido de los coches y el chirriar de los columpios de la plaza del pueblo por los chillidos de una multitud. Estoy en proceso de aculturación ¿sabías que en las grandes ciudades no se saludan todos entre todos por la calle? También es verdad que con la innumerable población que presenta Nueva York acabaríamos sin aire muy pronto. 
Ahora mismo me estoy empezando a acostumbrar a la barahúnda de este lugar. ¡La gente parece un torbellino! Están todo el día dando tumbos por la ciudad, de hecho, yo creo que sería misión imposible encontrar una calle en Nueva York vacía.
 Me he instalado en una pequeña casa en un barrio llamado “Roosvelt Island” en una vivienda blanca, con un baño, una habitación, una sala de estar y una cocina. He instalado mis cosas en la mesa del salón, que utilizaré como estudio para poder ir escribiendo lo que voy aprendiendo. Estoy perfeccionando mi francés porque en un mes me voy a París. Todavía no sé cuánto va a durar este viaje pero hasta que no esté preparado para volver no lo haré.
Hermana, sé que me estás viendo, no sé ni dónde estás ni si estás bien, pero bueno, supongo que la muerte es uno de los misterios que le da sentido a la vida, pero sea como sea, espero que estés orgullosa de mí y quiero que sepas que todo lo que consiga es gracias a la confianza que depositaste en mí en vida cuando todo el mundo daba por hecho que era un caso perdido.
Te echa de menos,
tu hermano, Tomás.


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