MI CARONTE


Una palabra desafortunada me invade la mente, un comentario asolador destruye mi confianza, una mirada de odio extingue mi determinación. Y es así como, poco a poco, me siento pequeña e insignificante. La vida avanza y no puedo evitar quedarme en el pasado: en esa palabra, en ese comentario y en esa mirada que han tomado las riendas de mi vida. 

Soy un caballo conducido por el auriga de la aflicción moral, dirigida hacia los senderos de la pesadumbre, del sufrimiento y de la soledad.

Todo el mundo consigue encontrar su camino, todo el mundo menos yo. Me encuentro en un constante sinvivir sustentado por la frustración de la ignorancia personal. Cada vez que pienso en ello, mi respiración se hace más pesada, el calor invade mi cuerpo y siento que una burbuja me limita la existencia.

Soy individualista, no hablo con nadie de lo que me pasa: ni a mis padres, hermanos o ni siquiera a mis mejores amigos, ¿Qué pensarán de mí? ¿Les asustará que me sienta así? Probablemente no, pero no estoy preparado para hacerlo. Mientras, me voy atormentando con mis cavilaciones y así espero a que llegue el día que nunca llegará. 

Es difícil pedir ayuda, hablar de tus preocupaciones y de los problemas, pero es mucho más difícil lidiar con estos pensamientos irracionales.

Dentro de este pozo llega una esperanza, una persona que te tiende la mano y te dice que todo va a salir bien, que él va a estar ahí para mí. Me saca de este pozo, de ese sendero que tanto odio. Se convierte en mi Caronte, y me lleva hacia la muerte de mi infierno y me brinda la posibilidad de una nueva vida. Gracias a ello consigo salir del Tártaro y me siento en libertad. Es inevitable recordar ese lugar de la infancia que tanto me gustaba, ese puente con vistas al mar que tanto admiraba, cierro los ojos, respiro profundamente y me imagino gritándole a los cuatro vientos: ¡Gracias mi Caronte!

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