El mudo caso del falso "Rana Amarilla"
-¿Cuánto lleva aquí? -le pregunté a don Francisco con incredulidad al ver su rostro agotado.
-Unas cuatro horas, hoy tengo que salir antes pero no me puedo permitir trabajar menos, sino no llegaré a final de mes.
-Ya, es que el sueldo que el jefe nos ofrece apenas nos alcanza para pagar impuestos y alimentar a nuestros hijos -puntualicé yo de manera cabizbaja, ya que era un problema realmente presente en nuestro día a día. En cuanto mi vista alcanzó el regazo de don Francisco, su chaleco enseguida captó toda mi atención- ¿Es nuevo su chaleco? Es muy amari…
-¡Shhh! -exclamó él cortándome con un tono de clara preocupación- Me he unido a un grupo, nos llamamos “Chalecos Amarillos”-empezó a decir con un tono más calmado- aunque el Abad escribió un día sobre nosotros en su cartulario llamándonos “Ranas Amarillas” y este se ha convertido en el mote popular por el cual somos reconocidos.
-Don Francisco, ¿por qué los privilegiados se burlan de vosotros? Esto solo lo hacen cuando se sienten amenazados.
-Somos un conjunto de obreros que estamos hartos de trabajar en unas condiciones nefastas. Cansados de pasar más tiempo con el almojarifazgo que con nuestra propia familia. Queremos revelarnos, cambiar las condiciones en las que vivimos, pero lo más importante es que nadie se dé cuenta ¿vale don Miguel? -al verlo con esa cara de preocupación me limité a asentir.
Cuando el representante de la burguesía industrial de nuestra fábrica, don Juan, nos dió permiso para llevar a cabo nuestro parón para comer pudimos por fin desconectar del trabajo que tanto nos estaba enloqueciendo.
Salimos a la calle con un grupo de trabajadores. El abrego cada vez soplaba más y más fuerte y muchos decidimos ponernos nuestras chaquetas. Francisco, al ver que no había moros en la costa, decidió equiparse con su chaleco que tan polémico resultaba ser. Tuvo la mala suerte que un alcaide lo vió de reojo. Este y todos los guardas que lo acompañaban, decidieron asaltar a Francisco, haciendo así la mayor barahúnda que jamás había presenciado. Uno de los guardias preguntó al otro:
-¿Nos llevamos sólo a la rana amarilla o nos los llevamos a todos?
Don Francisco repetía constantemente que solo se lo llevasen a él, que nosotros no teníamos culpa de nada, sin embargo sus súplicas no fueron escuchadas.
-Cree en el ladrón que todos son de su condición -contestó el otro con un tono altivo, realmente molesto y soltando una carcajada con intención burlesca.
De inmediato, los guardias nos inmovilizaron uno a uno, nos subieron a su galera que nos llevó a un terreno rodeado por una muralla que era muy semejante a una ciudad medieval. Yo era consciente que, si seguían reclutando a personas a la babalá, pocos trabajadores quedarían y la cantidad de producción no sería la deseada por nuestros superiores.
Pasaron días, semanas e incluso meses y seguíamos sin noticias de nuestros familiares. Lo que por el momento se había convertido en nuestro hogar, cada vez estaba más repleto de gente proletaria. Una mañana, así como cualquier otra, el adelantado llamado don Paco apareció para comunicarnos un mensaje:
-Buenos días “Ranas Amarillas” -empezó diciendo el presidente-, tenéis la suerte que poco a poco nos estamos quedando sin trabajadores, así que os daremos el privilegio de salir de este...lugar para poder relacionarnos con buenas personas, ¡a ver si se os pega algo! -¡Mira tú qué bien! ¿Ahora trabajar sin descanso es un privilegio?
Esa misma noche al acostarme devastado por intentar solucionar los miedos de mis compañeros se me ocurrió una idea revolucionaria. Pese a que mis párpados me pesaban más que plomos, no dormí en toda la noche. Bebí los vientos para llevar a cabo la mayor sublevación del siglo, no quería que pasáramos desapercibidos.
Esa misma mañana me levanté dispuesto a explicar lo que quería hacer y, por supuesto, todo el mundo se apuntó. Ese mismo día, al llegar del trabajo, recopilamos todo tipo de artillería que habíamos robado en los lugares en los que trabajamos. Nos pusimos todos en fila, dispuestos a avasallar esa muralla. Sabíamos que no todos íbamos a sobrevivir en esta defensa. A mi señal corrimos hacia la muralla y empezamos a tirar cada centímetro de ésta. Había guardias disparando sin piedad, compañeros míos caían desplomados al suelo, sin embargo no podíamos parar. Teníamos que ganar esta revolución. A medida que nuestro ataque iba evolucionando, me percaté que nuestras herramientas bélicas eran muy inferiores que las de los privilegiados. En un abrir y cerrar de ojos me dí cuenta de que era el único superviviente. Empecé a correr para escapar, pero el rostro desangrado de don Francisco me impactó tanto que mis piernas se frenaron y una bala perforó mi cráneo.
Desgraciadamente, esta revuelta quedó en el olvido. El único documento que quedó fue del periodíco local: “Las ranas amarillas avasallan una muralla”. Finalmente don Juan, después de asegurarse que todos estuviesen en nuestra contra, quemó todos y cada uno de los documentos que podían conmemorarse y es por eso que hoy en día ni en escuelas ni en universidades de historia se explica este fragmento de la historia.
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