Al alma de un roble adulto
Tengo miedo. Cada día mi dueño coge a tres o cuatro de mis hermanos y nunca regresan. No sé ni a dónde van ni cómo acaban. Ser la última hoja de un paquete de folios no es ninguna suerte. Mi vida es un enigma, más bien mi muerte, ya que fallecí cuando las inaguantables criaturas llamadas personas talaron el árbol de donde procedo, un roble que en su etapa adulta ya había desarrollado el tronco con un color indefinido tan característico, las ramas habían crecido formando un laberinto, las hojas se despedían al mismo tiempo que octubre, cuando estas ya estaban completamente marrones, y nos saludaban cuando la primavera asomaba y nos llenábamos de color y esplendor. Sin embargo, la belleza de la naturaleza no fue un impedimento para los altivos seres humanos a la hora de matarnos. En vida me llamaban Pulpa de Celulosa, en cambio, al fallecer pasé a ser una hoja de papel. Una vez muerto he habitado en tres lugares. Primero, en una fábrica de Barcelona llamada J. Vilaseca S.A. dónde mi alma se transformó en un folio DIN A4 y me juntaron con quinientos de mis hermanos teniendo la mala suerte de ser el último del paquete. Más tarde, tomé lugar en una papelería llamada Abacus, dónde me colocaron en una estantería y me pusieron un precio. Un día, aparentemente como siempre, apareció una familia un tanto agobiada. La mujer, que yo supuse que era la madre, no paraba de tocarse la cabeza como gesto nervioso, mirar un post-it una y otra vez y de decir una frase repetidamente: “¡Es once de septiembre, mañana empieza el cole y no hemos comprado nada!” Al cabo de un rato, esta misma familia me metió en su cesta y me compró.
Hasta ahora vivo en el mueble de la entrada de la familia Ruiz. Me persigue una constante angustia todos y cada uno de los días. Cada vez estoy más solo, pues, ya solamente quedamos cuatro. Hoy, tres de octubre, son las doce de la mañana y el Sr. Ruiz ha cogido a un par de mis hermanos. Los dos restantes estamos histéricos, diría que mi respiración se está acelerando, pero la verdad es que eso es del todo imposible. Intento calmarme, pero es en vano cuando Mateo, el hijo mayor, coge las últimas dos hojas restantes. Mi hermano y yo nos asustamos al ver a otros de los nuestros desperdiciados, tirados con un solo garabato a la basura, ¿qué clase de final es ese?, espero que su futuro vaya a mejor…
Mientras Mateo nos lleva a un parque, mi hermano aprovecha el viento para intentar escapar. En el momento en que se da cuenta que no puede, lleva a cabo un terrorífico plan con el que no estoy para nada de acuerdo. El bailoteo que nos produce el viento le permite cortar a Mateo, produciéndole una brecha, no muy profunda, pero sí lo suficiente como para que le sangre la palma de la mano y que mi hermano se manche. Nuestro dueño corre rápidamente a tirarlo. Mientras Mateo se cura el corte, me da tiempo a despedirme:
-Siento mucho lo que te ha pasado aunque no esté de acuerdo con lo que has hecho- le comento con tristeza al que ha sido el hermano que he tenido por más tiempo a mi lado.
-No te preocupes, sé que acabaré en un lugar mejor- me dice intentando consolarme- tú solo cuídate, espero que nos veamos pronto.
Y así, con estas palabras, mi dueño, que no se había enterado de nada, pero ya había acabado de sanarse, procedió a llevarme al parque de la Paz. Delante de una fuente, empezó a redactar en mí. Al principio, cegado por la ira, no quise ni mirar el contenido del escrito. Pero en cuanto el boli de Mateo dejó de trazarme, me di cuenta que era una carta de amor a una chica llamada María. Nunca me había dado cuenta de la diferencia de edad que hay entre hermanos. Mientras que Juan, el pequeño, todavía iba al colegio, el hermano mayor ya estaba acabando la carrera. Mateo me dobló y me puso en un sobre. Llegué a casa de una chica, que yo supuse que era María, el cinco de octubre. En cuanto me abrió y leyó mi contenido, la joven empezó a derramar lágrimas, una detrás de otra, al principio caían a cuentagotas, pero con el transcurso del tiempo estás se aceleraron. Acto seguido, María sacó el móvil de su bolsillo y llamó a Mateo. ¡Quería quedar con él! Me colgó en su habitación para poder tenerme así a la vista.
Cinco años después, el cinco de octubre de 2028, María, como cada noche, me leyó, sin embargo, esta vez fue diferente, al acabar murmuró: “mañana nos casamos”. Desde ese día no puedo evitar enternecerme con la pareja. Nunca pensé que la especie que me había fastidiado la vida, pudiese haber sido también la que daba sentido a mi muerte.
¡Brillante! Te felicito, nuevamente.
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